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Explorando Guineforst

La luz del atardecer bañaba el horizonte. Delante de nosotros se extendía el incierto infinito mientras que, debajo de la nave, la densa niebla no permitía ver nada. Caminé por la proa del barco, respirando aquél maravilloso aire de libertad, contemplando el lento avance del erzvalus que, movido por la magia, nos conducía a nuestro destino.

Lo cierto es que siempre había deseado explorar los confines de Guineforst y ahora, por fin, podía hacerlo sin ataduras. La vida en Syros no estaba mal, sin embargo, siempre sentí que no era mi lugar. Como una ciudad puramente comercial, había mucho movimiento y gente nueva a la que conocer, sin embargo, la ley férrea que imperaba, provocaba que estas nuevas gentes, estos nuevos comercios, olores, sabores y experiencias quedasen en un plano tan reducido que la vida allí se convertía en una monotonía que pocos podían soportar. Ante esto, un día en el mercado, vi un puesto donde una joven tripulación buscaba gente para enrolarse en su erzvalus. Emocionado, me acerqué y no tuvieron que convencerme. Me enrolé con aquellos desconocidos que prometían aventuras y lugares nuevos que descubrir. Mientras hablaban, mis ojos se iluminaban como si fuesen estrellas, soñando con todo aquello que siempre había querido, por lo que, al terminar la conversación con los que serían mis nuevos compañeros, corrí hacia el puesto en el mercado donde mi familia se encontraba. Al llegar, casi sin aliento, aparté a la gente que allí esperaba su turno. Comencé a contarles todo aquello que los exploradores me habían dicho, sus innumerables viajes, sus descubrimientos, los lugares que habían visitado, los puertos que habían visitado. Hablaba tan rápido que mi madre tuvo que salir para calmarme y que respirase, pero era tanta mi emoción que me costaba. Intenté hablar más calmado y, mientras las palabras salían de mi boca, la cara de mi madre iba cambiando hasta tener una mueca de miedo e incredulidad. Una vez hubo acabado de despachar a los clientes, se unió mi padre a la conversación y mi madre, aún con gesto de disgusto, le contó lo que yo acababa de decir. Mis ojos no dejaban de brillar con esperanza mientras mi madre hablaba, aunque los de mi padre parecían refulgir de ira conforme mi madre avanzaba con la historia. Al terminar de narrarlo todo, mi padre, aún con sus ojos fijos en mí, se negó en rotundo a que partiese en una aventura, mencionando todos los peligros que encontraría fuera de la ciudad, haciendo hincapié en que yo debía quedarme para ser su sucesor en la tienda y poniendo múltiples pegas más. Un sudor frío comenzó a caer por mi espalda. Aquellas palabras me dejaron helado. Mi única oportunidad de buscar lo que para mí podía ser la felicidad me había sido negado. Me revelé. Aquél no era mi destino. Nadie debía de imponerme nada que yo no quisiese hacer. En ese momento, mi padre me agarró del brazo con fuerza, me miró a los ojos y me dijo que, mientras dependiese de él, no iría a ninguna parte. Yo no podía creerlo. Comencé a notar como las lágrimas inundaban mis ojos, mezcla de rabia y dolor. No podía creer que sus palabras fuesen una condena a estar toda una vida anclado a un negocio y a una ciudad. No, no era justo. Me solté de malas maneras de su mano y me di la vuelta justo cuando una lágrima comenzaba a caer por mi mejilla. Corrí. Sin rumbo. Solo quería alejarme de allí y perderme entre la muchedumbre de la ciudad. Apartaba a empellones a la gente que se interponía delante y, aunque se referían a mí, no escuchaba nada a mi alrededor por la rabia que me atenazaba. Las sienes me palpitaban tan rápido que parecían coordinadas con mi corazón que, ahora mismo, sangraba por aquellas palabras que había dicho mi padre. Seguí corriendo hasta que dejé la ciudad atrás. Seguí corriendo hasta que me dolieron los pies, internándome en el desierto. Allí, solo, me dejé caer de rodillas. La cabeza seguía palpitándome con fuerza y comencé a notar angustia. Toda aquella frustración, ira y pena se agolpaban en mi intentando salir de mi cuerpo a la vez. Grité. Grité de frustración. De ira. De pena. La cabeza me daba vueltas, después de descargar toda aquella tensión. Todos aquellos sentimientos ahora estaban fuera de mí y me notaba aturdido y agotado. Respiraba con dificultad por lo que me dejé caer en la arena caliente cerrando los ojos y escuchando de fondo el sonido del viento. Qué paz.

Me despertó mi padre. Me incorporé un poco confuso ya que no había notado cuándo me quedaba dormido. Él me miró mientras me decía que me había estado buscando desde el instante en que salí corriendo. Parecía muy enfadado, pero su voz sonaba más bien triste. Por mi parte, ya no sentía rabia ni ira. Al contrario, me sentía en calma por lo que no tenía nada que decir. Nos quedamos sentados en la arena, mirando el horizonte, escuchando el sonido del viento, sin decir nada. Al poco, mi padre rompió el silencio, parecía más relajado mientras hablaba sin despegar sus ojos del paisaje que teníamos delante. Su voz sonaba anhelante mientras me contaba historias de juventud, sus sueños e inquietudes. Finalmente suspiró y me miró sonriendo. Me habló de que él siempre había soñado con ser explorador pero que ahora era demasiado mayor para poder hacerlo. Por eso, al verme tan apasionado por poder hacer aquello que él no pudo en su juventud, tuvo celos. Me dijo que lo sentía, que él quería verme feliz y que, aunque le doliese verme partir, él quería que yo cumpliese mis sueños. Yo no supe qué responder. Le miraba atónito, puesto que él jamás había sido tan sincero conmigo y yo supe que ahora me hablaba desde el corazón. Me sonrió mientras sacaba de su jubón un objeto envuelto en un trapo. Me lo tendió mientras me miraba, sin dejar de sonreír. Extendí las manos y lo cogí mientras me decía que era un objeto muy preciado para él y que ahora quería que tuviese yo en mis viajes. Miré con curiosidad aquel envoltorio y me dispuse a deshacerlo…

Una voz en la lejanía me sacó de mis recuerdos a la fuerza. Me giré y vi a uno de los magos de la tripulación haciéndome señales con los brazos. Aún un poco aturdido por los recuerdos, miré a mi alrededor y vi que el barco estaba rodeado de niebla, algo que solo podía significar problemas. Corrí hacia donde estaba el hombre y me dijo que los motores del barco estaban fallando y estábamos cayendo a la niebla. No necesité ninguna palabra más. Sabía que eso significaba que debíamos armarnos. El hombre me dedicó una media sonrisa mientras se concentraba. Noté como el ambiente se cargaba de energía y comenzaba a vibrar a causa de la concentración del mago. Alrededor del barco se estaba formando un escudo de protección. Miré al mago que, con un movimiento de su cabeza, me indicó que entrara a la nave. Allí dentro reinaba el caos ante la posibilidad de recibir un ataque. Me abrí paso hasta mis aposentos, donde cogí mi rifle vayutec. Respiré hondo mientras lo empuñaba. Realmente, no tenía mucha idea de usarlo, aunque el poco adiestramiento que había recibido, debería de servir. Volví a salir a la nave donde el capitán del navío gritaba órdenes mientras la tripulación se armaba y corría de un lado a otro. Un tremendo golpe hizo que la nave se tambalease y los objetos que estaban en el barco se moviesen. Todos nos quedamos parados y en silencio. Nadie respiraba. Nadie se movía. Parecía que el tiempo se había congelado hasta que un nuevo golpe nos hizo reaccionar. El capitán, a voz en grito, nos convocó a todos. Sabíamos que una de las posibilidades de este viaje era enfrentarnos a peligros que escapaban a nuestra comprensión… y aquél era uno de estos momentos. Debíamos defender la nave de algo de lo que solo los dioses conocían su existencia.

Junto con el resto de la tripulación, salimos a la proa de la nave, donde el mago estaba siendo apoyado por uno de los canalizadores del barco, haciendo que, entre los dos, el escudo del barco aguantase. La niebla ya había cubierto prácticamente todo el erzvalus y apenas entraba la luz del sol. Nos situamos alrededor de los dos compañeros que mantenían el escudo. Silencio. No escuchábamos nada, ni si quiera nosotros parecíamos respirar. Aquel silencio era agobiante, pesado. Como el anuncio de la muerte. Parece que algo leyó mis pensamientos, puesto que una figura comenzó a emerger de la niebla, hasta situarse delante del erzvalus. Una sombra enorme de lo que solo pude distinguir 3 enormes ojos rojos. Tragué saliva, pero ninguno nos movíamos de nuestra posición. En aquel momento, un gran estruendo procedente del barco inundó el ambiente. Los motores de la nave volvían a funcionar. La sombra cargó contra nosotros haciendo que nos tambaleásemos. El escudo palpitó y el mago cayó al suelo. El capitán dio la orden y comenzamos a disparar a aquel monstruo mientras la nave comenzaba la ascensión. El mago se levantó del suelo y, aunque aturdido, parecía que podría mantener el escudo alzado un poco más. Solo necesitábamos algo de tiempo para poder escapar…

– Bueno señorita, ya va siendo hora de que te vayas a dormir- dijo el hombre mientras cerraba el libro.
– Pero papá, siempre te quedas en la mejor parte. Sigue un poco más, por favor…
– Venga, mañana terminamos la historia, lo prometo
El hombre le dio un beso a la pequeña en la frente, estiró un poco las sábanas y apagó la luz
– Buenas noches, pequeña.
– Buenas noches, papá.

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